DE LA MALICIA INDÍGENA Y OTROS DEMONIOS.

DE LA MALICIA INDÍGENA Y OTROS DEMONIOS.

Muchas veces, he escuchado a personas referirse con orgullo a un concepto, que realmente, no se de donde salió pero que sin duda nos marca como país. La malicia indígena, para muchos es esa chispa que heredamos de nuestros antepasados. Esos mismos antepasados que olvidamos la mayoría del tiempo y que muchas veces negamos.

Me parece que el concepto está mal desde el principio. Creo que nuestros antepasados indígenas pudieron ser muchas cosas, pero no creo que maliciosos estuviera encabezando la lista de adjetivos que los describen. Quizá si hubieran tenido un poco de esa malicia, la historia hubiera sido diferente. Pero eso es para una nota diferente.

Seguramente por el hecho de que estando embarazada, teóricamente tengo derecho a un montón de privilegios que nadie cumple, me puse a reflexionar sobre ese tema. Hoy me acuerdo de uno de mis profesores de la universidad y con cierto recelo debo admitir que estaba en lo cierto cuando folclórica mente en una clase dijo: “La malicia indígena, es lo que nos tiene jodidos. Pensar que somos más vivos que los demás y que eso nos da derecho a hacer lo que nos plazca es el problema más grande de este país.”

Estoy segura que ninguno o por lo menos muy pocos de nosotros, podríamos levantar la mano y decir con tranquilidad que jamás nos hemos hecho los vivos. Que levante la mano el que nunca ha hecho doble fila en un cruce congestionado, el que siempre habla con manos libres y no tira el celular al piso cuando ve un policía de tránsito, el que no ha pagado más de 10 cosas en la caja rápida del supermercado o el que nunca ha dejado el carro mal parqueado porque sólo se iba a demorar 5 minutos.

De entrada, sobra aclarar que hacer ese tipo de cosas está muy mal, pero hay un punto en donde se ponen peor. Ese momento cuando por alguna razón perdemos la noción de que estas cosas están mal hechas y las hacemos sin vergüenza alguna.  El momento en que cruzamos la línea roja y pensamos que tenemos derecho a hacerlas, cuando se nos olvida que el hecho de que podamos hacer algo, no significa que debamos.

Ese es el punto en que nuestra chispa y desparpajo, esa forma relajada de vivir se convierte en un verdadero demonio.  El momento en que no nos importa que un viejito este esperando el ascensor, y nos metemos primero, por que vamos de “afán”, o que le quitamos el espacio de parqueadero al que estaba esperando adelante porque no se avispó, o el momento en que en vez de frenar aceleramos cuando el semáforo se pone amarillo.

Ahora que lo pienso, quizá esta nota no debería llamarse de la malicia indígena y otros demonios. De pronto la malicia no es el demonio, sino nosotros mismos. Porque no sólo lo somos cuando actuamos de manera errada, sino cuando permitimos que los demás lo hagan.

 

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