A MÍ ME DABA MAMITIS.

A MÍ ME DABA MAMITIS.

Ultimamente, muchos de mis post son confesiones. Las cosas que pocos conocen y que si no fuera así, por escrito, jamás hubiera hablado de ellas. Pues éste post sigue por esa misma línea de las confesiones.

Llegó el momento de confesar que de chiquita, nunca me gustó quedarme fuera de mi casa. Más de una vez en la mitad de la noche mis papás tuvieron que recogerme en la casa de mis tíos o mis abuelos porque me daba un ataque de mamitis, papitis o chilitis aguda y no paraba de llorar hasta estar de regreso en mi cama. Pero ésta no es la confesión del día, para mi familia eso no es la gran revelación. Con ellos no me daba pena decir: “yo los quiero mucho pero no me quiero quedar fuera de mi casita”.

Con mis amigas la historia era diferente, aunque éramos muy cercanas, nunca fui capaz hasta hoy, de decir: “por más divertida que pueda ser una pijamada con ustedes, no me gusta quedarme fuera de mi casa.”

Como no tenía el coraje para que esas palabras salieran de mi boca, tuve que inventar mil excusas para evitar la quedada por fuera de mi casa. Claramente lo más fácil era decir que no me daban permiso. El problema es que mis papás  rara vez decían que no, así que mi actuación tenía que ser muy convincente. Todo empezaba con la llamada, que iba básicamente así:

 

-Hola, mami ¿cómo estas?

 

-Bien hija y ¿tu?

 

-Muy bien. Mami me das permiso de quedarme en la casa de …

 

-Si amor, mañana te recojo.

 

-Pero ¿por qué no?              

 

-Cami si puedes quedarte.

 

-Bueno, si no alcanzas a recogerme mañana antes del almuerzo de la tía, entonces ya puedes salir por mi. Te amo!

 

-No quieres quedarte ¿verdad?

 

-No señora.

 

– Ok. Ya vamos por ti. Te amamos.

 

Y no es que no me gustara compartir con mis amigas, de hecho hacia lo posible porque me recogieran bien tarde. Lo que realmente no me gustaba era despertarme en otra casa. Si me levantaba primero que mis amigas entonces me quedaba mirando al techo por horas, tratando de no hacer ruido y de no moverme.

Si me despertaba después, era aún peor. Salir despelucado, con pijama improvisada a interrumpir el desayuno, no era mi plan favorito. Peor aún cuando era demasiado tímida para decir: No gracias, no me gusta la papaya. Después bañarse para ponerse la misma ropa, y rogar para que a mis papás no se les hiciera tarde. Definitivamente no era lo mío.

La verdad es que aun hoy en día soy una persona muy casera. Con los años fui superando la mamitis, aunque si he de ser 100% honesta el semestre que viví en España fue una prueba difícil de superar, con 22 años había  mañanas en las que con solo abrir los ojos y darme cuenta que estaba lejos de mi casa me ponía a llorar.

Soy de rutinas, de desayunar lo que me gusta y a la hora que me gusta, de estar en mi casa en pijama hasta el medio día cuando se puede, y de decir sin pena  que a mí me daba mamitis. 

 

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