APRENDER A VIVIR EN COMUNIDAD.

APRENDER A VIVIR EN COMUNIDAD.

Recién nos mudamos a nuestro nuevo apartamento y de pronto nublados por la felicidad y la expectativa de empezar nuestra vida juntos, siempre tuvimos la idea de que los vecinos, como en la series y las películas se convierten en una especie de familia o por lo menos en un grupo de nuevos amigos, pero a las malas aprendimos que aprender a vivir en comunidad, es difícil. Nuestro edificio es de 9 pisos y en cada uno hay exactamente 15 apartamentos, si uno hace una multiplicación básica, puede pensar que con tantos vecinos habrá más de un encuentro en los pasillos y ascensores. Pues en nuestro caso no fue así, los primeros días parecíamos los únicos habitantes del edificio. Ni les cuento que tanto nos hubiera gustado que hubiera seguido así.

El primer encuentro que tuvimos con un vecino, no fue una comida o unas onces, fue una carta de 3 hojas, en donde nuestro vecino de parqueadero se quejaba por el número y el tamaño de nuestros carros. Aunque siempre estábamos dentro de las líneas amarillas, el señor tenía problemas para parquear su carro.

En la versión corta de este encuentro casi 5 meses después de cartas de abogados, quejas con la constructora y la administración, logramos probar que nosotros usábamos nuestro parqueadero correctamente. Ahora, como es obvio, sí que nos encontramos con el vecino. Nuestra relación ahora se basa en un saludo entre dientes, una mini carrera hasta el ascensor, como si tuviéramos ganas de ir al baño, y espichar el botón de cerrar no una sino mil veces.

Después de nuestra primera experiencia, cada vez que suena el timbre de la puerta y no estamos esperando a nadie, lo primero que se nos pasa por la cabeza es ¿y ahora qué será? Hace poco una vecina toco el timbre, en realidad se pegó al timbre como si tuviera que contar la noticia más importante del mundo o como si estuviera timbrando en su casa. Cuando abrimos la puerta, estaba parada con mil bufandas y con una sonrisa postiza me dice “creo que se te daño el timbre”. Al ver mi cara, siguió hablando sin parar. Seguramente con la intención de no dejarme espacio para decirle “no, usted daño mi timbre” y le cerrara la puerta en la cara. Evidentemente ese día ní ningún otro le compre las bufandas que su hija tejía y estaba vendiendo para su paseo de grado.

Pero de todos el vecino que peor me cae, al que más odio encontrarme al salir de casa es, al del apartamento del lado. Sus niñas que deben tener como 8 y 10 años, son todo un terremoto, ponen One Direction a todo volumen, juegan “rin- rin corre- corre” y cuando les dicen que es hora de dormir, gritan y lloran como si no hubiera un mañana. Nosotros, jamás nos quejamos y cada vez que queremos llamar a la portería y que les pidan que le bajen el volumen, respiramos profundo y decimos: son niñas.

Su papá en cambio, es cero tolerante con nosotros y especialmente con Lucrecia. Mi gorda no puede ladrar, correr o en general ser un perro, porque el citófono suena inmediatamente. Me hierve la sangre cada vez que el portero me dice “Señora Camila es que el del 303 dice que Lucrecia ha ladrado toda la mañana” cuando yo sé que no es verdad.

Pero no todos mis vecinos son terribles, también tenemos el vecino universitario que invita a sus amigos y pone música desde las 7 pm del viernes hasta las 10 am del sábado. Los vecinos que tienen peleas monumentales de grito y llanto y después se reconcilian de la manera más ruidosa posible. El vecino conversador que en el tiempo que se demora en bajar el ascensor del 3er piso al sótano nos cuenta su vida entera y la señora que tiene 3 perros en su casa y los deja pasear libremente por los corredores.

Seguramente nosotros tampoco somos los vecinos estrellas y para los demás seremos los del perro cansón, los de los carros grandes o la neurótica que todavía no ha mandado a arreglar el timbre.

 

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