NO ES QUE NO ME GUSTEN LAS DESPEDIDAS.

NO ES QUE NO ME GUSTEN LAS DESPEDIDAS.

No es que no me gusten las despedidas, las detesto. Creo que todo radica en mi sentimentalismo extremo herencia de mi abuelita. Ella que en palabras de mi abuelo “llora despidiendo un avión de carga”. Lo mejor de esta magnífica herencia es que no se limita a las despedidas, también los matrimonios, compromisos, programas de tv, libros, películas o incluso un buen comercial desatan una sesión de llanto que puede durar de 3 minutos a 2 horas.

Pero de esas experiencias escribiré después, por que hoy particularmente, tengo que despedirme de alguien que amo y que voy a extrañar como loca. La mayoría de las personas que son hipersensibles procuran no extender las despedidas. Yo en cambio soy de las que prefiere estar con la persona que se va el mayor tiempo posible, eso incluye comidas, pijamadas, brunchs y obviamente la ida al aeropuerto.

No soy de escenas dramáticas en el aeropuerto. Jamás. Pero no puedo negar que es muy duro ver como la persona se aleja, casi que en cámara lenta, hacia inmigración. Ese es el momento donde el nudo en la garganta me ahoga y apenas me aguanto las ganas de salir corriendo y esconderme entre el carro.

Las despedidas siempre tienen un sabor dulce/amargo por que, casi siempre, las personas que se van salen en búsqueda de cumplir sueños, vivir cosas nuevas, crecer y ser felices ¿Quién no se alegra con eso? Pero la parte amarga es no poder ver sus aventuras desde la primera fila.

Lo único que me consuela es haber nacido en el siglo de las comunicaciones y poder estar en contacto con personas que viven al otro lado del mundo. Es como ver el partido en repetición, no es lo mismo pero peor es nada. Seguramente si me hubiera tocado la época en donde había cartas que se demoraban meses en  en llegar en vez de skype  o telegramas indescifrables en vez de whatsapp, esta nota mental hubiera sido muy diferente.

Para Lola con infinito amor.

 

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