La llegada de Joaquín

La llegada de Joaquín

Dicen que, aunque nuestros hijos tengan los mismos papás, en cierto modo no los tienen. Y aunque ya habíamos pasado por la experiencia de un parto (cesárea) la llegada de Joaquín fue muy diferente al nacimiento de Leti. Esta vez teníamos una cita con hora y fecha, aunque el saber qué día llegaría no nos quitó la ansiedad de la llegada. La noche anterior casi no dormimos, estuvimos hablando, revisando por enésima vez la maleta, y cuadrando la logística con Leti.

El miércoles 19 de febrero, madrugamos como de costumbre. Habíamos decidido que Leti iría al colegio para bajar su ansiedad, así que a las 6:20 am después de besarla y abrazarla como nunca, nos despedimos de ella. Como a su regreso no estaríamos en casa, le dejamos un regalo especial, le dejamos una pinta nueva lista y una cartica. 

A las 9 am estábamos llegando a la clínica, mis papás nos acompañaron y eran los reporteros oficiales para el resto de la familia. A diferencia del parto con Leti, esta vez Migue iba a poder entrar conmigo, así que desde el primer momento estuvimos juntos. La única condición era que no podría usar su celular en el quirófano.

Aunque la cesárea estaba programada para las 11 am, pero finalmente se adelantó y para las 10:30 ya estábamos en el quirófano. Inicialmente el doctor nos había explicado que Migue estaría en una sala y podría ver todo, pero no estaría a mi lado durante la cirugía.

Pero con los cambios de último momento nos asignaron un quirófano sin sala. Mientras me alistaban, Migue estuvo afuera esperando que le indicaran en qué momento y dónde podría estar, yo en silencio solo buscaba la sala, muerta del susto pensando que en algún momento me iban a decir que él no podría entrar.

Finalmente, el doctor lo dejo pasar y nos explicó que como no había sala, Migue iba a poder estar sentado a mi lado, todo estaba saliendo mejor de lo que lo habíamos planeado. Nos preguntaron qué música queríamos escuchar, me pusieron la raquídea (esta vez estando sentada) y arrancó la función.

A las 10:55 am mientras sonaba café en el campo, vimos por primera vez a Joaquín Herrán Suzunaga. Con sus perfectos 3.515 g y 50 cm llegó a este mundo y nos cambió para siempre. Nos dimos nuestro primer beso y mientras terminaban la cirugía, papá estuvo al lado del más chiquito de la familia, acompañándolo mientras el equipo de pediatría lo revisaba. No les alcanzo a describir la tranquilidad que eso me dio, en el parto de Leti me dio un ataque de paranoia y creí que iban a robarme a mi bebé. (Literalmente).

 

Una vez en recuperación, con un poco de dolor, pero con el corazón contento empezamos nuestra historia de lactancia (que tendrá su propio post). Pasamos ahí una eternidad, de pronto tuvo que ver el hecho de que la clínica en que nació Joaquín es nueva, pero duramos ahí hasta las 4 pm. Claramente yo estaba estresada, porque tenía en mente la hora de la llegada de Leti del colegio y el horario de visitas de la clínica, lo último que quería era que no la dejaran entrar o que sólo pudiera estar un ratico.

Pero al final todo salió perfecto, alcanzamos a subir a la habitación 10 minutos antes de que Leti llegara, en la habitación de al lado estaban en terapia así que otra vez nos recibieron con música y aplausos, así que entre lágrimas y risas entramos a nuestra habitación. El encuentro fue perfecto, Leti muy tímida conoció a su hermanito. El mismo que espero durante casi 2 años. Recibió un regalo que Joaquín había traído para ella y estuvimos el resto de la tarde en familia.